18.6.13

La pérdida

No puedo siquiera pretender que la sonrisa con la que has huido me será suficiente, jamás será suficiente. Los recuerdos se borrarán como toda evidencia de que alguien como tú existió -justo en este escritorio en el que escribo- y pereció, como lo hacen las cosas bellas de la vida. Creí que esas alas en las que llegaste, esas que me dedicaron millones de abrazos por años, te harían inmortal y entonces el cuerpo se haría etéreo y la eternidad una posibilidad, pero mis sentidos perecerán contigo si los encarcelo a celar las prendas que dejaste, la última funda de almohada que usaste, la taza de café que aquellos labios rollizos tocaron, esos que después curvaste alejándote, provocando mi primer gran pérdida. Qué crueldad hallarse en la posición de haber conocido la plenitud y caer de golpe a la nada. Antes de vivir de recuerdos, tal vez deba entumir mis extremidades, cada partícula, todo lo que constituye esta forma en contacto con el mundo, porque pretender que no percibo cosa alguna, es mejor que soportar el que ya no estás presente, y ese es un mundo donde no pertenezco. Más que un ángel, más que mi amor, eras mi hogar.

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