18.9.12

Textos viejos ST I & II


Lucía era gritona y sociable, también atractiva. Aunque era muy holgazana, disfrutaba de la escuela sólo en pequeñas dosis. Cuando la jornada se tornaba tediosa, se iba a matar clases. Siempre sonreía, soltaba carcajadas fácilmente y diario estaba rodeada de gente, que llamaba amigos. Algunos lo eran, otros no tanto. El caso es que difícilmente externaba sus verdaderos sentimientos. Al llegar a casa sufría un infierno terrible, su familia día a día se desmoronaba. Cada noche le pedía a Dios que la tomara consigo. Lucía se sentía sola.

Un día, jueves para ser precisos, la maestra de Química terminó la clase una hora antes. Los amigos de Lucía ya estaban planeando a donde ir, un bar en la condesa al parecer. Lucía tenía los ojos hinchados, no había dormido nada. Justo ese día parecía desprenderse de sus actividades, de sus amigos, de sus sonrisas. Salió del salón, una fuerte corriente de aire azotó su rostro y Lucía respiró, respiró como nunca. Entonces supo muy dentro de su corazón, que ese día era especial. No sabía si llorar o correr, pero sabía que algo tenía que hacer. Subió las escaleras hasta llegar al último piso, no había ni un alma. Vio abierta la puerta que dirige a la azotea, no lo pensó mucho y lo tomó como una señal. Tenía miedo, ya sabía justo lo que pasaría. Dios parecía no cooperar mucho a sus súplicas, tendría que hacerlo ella.

°°°

Miguel era un chico muy callado. 'Chapado a la antigüita', contaba con muy buenos modales. Sus intereses eran diferentes a los de la mayoría de los chicos de su edad. Le gustaba leer, escribir. Disfrutaba de las clases. Aprender cada día algo nuevo lo llenaba. No tenía amigos, la relación más cercana que tenía era el de un compañero que se juntaba con él de vez en cuando, sin profundizar ni preguntar sobre la vida o sentimientos del otro. Sólo se dedicaba a observar el comportamiento de las personas. Miguel se sentía solo.

Un día, jueves para ser precisos, había que entregar un trabajo muy importante para la clase de Derecho. Todos estaban en la biblioteca terminando el trabajo, pero él no. Como todo buen estudiante, Ya tenía hecho el trabajo desde una semana antes. Mientras caminaba en el pasillo del último piso del edificio 8, dónde sería la clase de derecho, vio abierta la puerta que usaba el conserje para ir a la azotea. Le resultó extraño, generalmente tenía un pesado candado en la chapa. Estaba aburrido, no había ni un alma, nada que observar. Se detuvo frente la puerta y una fuerte corriente de aire azotó sobre la piel de su rostro. Tomó un respiro, un respiro que llenó violentamente sus pulmones de aire frío, pero se sentía bien. La piel se le erizó, el silenció lo arrulló. De repente se sintió inspirado y se sentó, sacó un cuaderno, una pluma y comenzó a escribir con esa caligrafía tan característica de él. Cursiva y puntiaguda.


En donde el hombre guarda sus más grandes secretos, reside la verdad del alma.


Creyó escuchar un ruido proveniente de la azotea que no supo relacionar con algo conocido. Permaneció atento unos segundos más pero no se escuchó más nada. Continuó escribiendo.


En dónde tu sufrimiento, está mi abrazo. Muéstrame tu fragilidad. Tan bella y corrompida. ¿Dónde estás bella mía? ¿Cuántas noches tendré que soñarte, difuso querubín, en espera de tu llegada? 
(05. 10. 09)

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