22.3.10

Mi sangre sabe a azúcar

- …No es mía, ¡no es mi sangre!
- Tranquila, mira, ahí está la herida.

Pero era absurdo. Las siete heridas de ese domingo eran diminutas. La sangre, inmensa. Hemorragias alarmantes. No reparaba al hecho de que estaba lastimada, sólo sentía húmedo. Goteaba.

No era mi sangre, cómo podría serlo. La probé, sabía a azúcar. Pero mi sangre no tenía ese sabor. No era mi sangre, cómo podría serlo. No estoy loca.

Pero, ¿De quién era entonces? ¿Qué culpa estaba cargando, manifestando? ¿A quién había matado? No. No. Imposible.

Tal vez…
Tal vez mi felicidad había descubierto un modo de escapar de mí. Esa dulce alegría entendió que no podía transpirarla, ni llorarla. No saldría con el sabor amargo de mis cansancios, o lo salado de mis tristezas. Mi alegría se escapaba de mi cuerpo, sin avisarme. A chorros y descontroladamente. Manchando mi piel, en silencio. Se hacía espesa, teñía.
¿Cuántas heridas más harían falta para que se fuera por completo? ¿Tendría que morir entonces?

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